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Los mejores hábitos se entrenan en equipo

hace 1 día
4 min de lectura


La semana pasada hablábamos de añadir algo a tu vida. Ya fuera entrenar, leer, meditar, comer mejor o cualquier otro hábito que quieras comenzar o afianzar en tu vida. Esta semana vamos a hacer sitio para eso porque para que entre algo nuevo, primero hay que poner límites a lo que ocupa su lugar.


Ese es uno de los objetivos de Siembra: elegir de verdad a qué dedicas tu tiempo, en lugar de dejarte llevar por la costumbre, por el entorno o por las situaciones que, inevitablemente, surgen en el día a día.


Reflexiona sobre este ejemplo: Esta semana te has prometido cerrar el ordenador a las 17:30. El lunes lo cumples. El martes contestas a "un último correo" y son las siete. El jueves cancelas una cena porque te ha surgido algo del trabajo.


¿Te ha pasado?


Nos ha pasado a todos y nos volverá a pasar. Siempre aparece algo que parece más importante: un correo urgente, un favor, un "solo hoy". Y nos convencemos de que la promesa que nos hemos hecho a nosotros mismos puede esperar. Da igual si lo que se cuela es un correo, la casa por recoger o una hora más de móvil. Poner límites supone un esfuerzo.


Por eso, para ayudarnos en este camino, esta semana te propongo una idea sencilla: no hacerlo a solas. Los hábitos que se sostienen casi nunca son cosa de una sola persona. Se entrenan en equipo.

En inglés tienen un nombre para esto: accountability partner, la persona ante la que rindes cuentas. En Siembra lo vamos a llamar tu cómplice: alguien que sabe lo que te has prometido y que, al final de la semana, te pregunta cómo te ha ido. No te juzga ni te enseña. Simplemente, está.


Una amiga y yo nos mandamos un pantallazo cada noche. Solo eso: el número de pasos que hemos dado ese día. Nos propusimos acercarnos a los 10.000 y, muchos días, ni siquiera hablamos. Llega la imagen, a veces un emoji, y ya está. Y, sin embargo, las dos estamos mucho más cerca de los 10.000 pasos que cuando lo intentábamos cada una por su cuenta. Trabajamos en equipo y nos apoyamos mutuamente para conseguir nuestro objetivo.


No hay sermones ni seguimiento complicado. Saber que esa noche vas a mandar el pantallazo basta para levantarte del sofá y dar la vuelta a la manzana.

Lo curioso llega después. Cuando ya has tenido esa conversación unas cuantas veces, empiezas a tenerla a solas. Son las 17:40, tienes un correo abierto y te estás convenciendo de que tiene que salir hoy. Entonces imaginas a tu cómplice al otro lado y sabes exactamente lo que te diría: "¿De verdad no puede esperar a mañana a primera hora?".


Y casi siempre, la respuesta es que sí puede. Cuando estás a solas contigo, negocias. Con tu cómplice o con su voz en tu mente, cuesta más hacerte trampas. Ese correo puede salir mañana a las nueve. Tu compromiso de cerrar a las 17:30, y la vida que hay después, no.


En 2015, Gail Matthews, profesora de psicología en la Dominican University of California, condujo un estudio enfocado en entender las mejores estrategias para lograr objetivos. Para el estudio, dividió a un grupo de personas en cinco grupos durante cuatro semanas.


Al primer grupo, se le pidió que simplemente pensara en sus metas para las siguientes 4 semanas y que posteriormente evaluara esas metas. Al grupo 2 se le pidió que fuera un paso más allá y escribiera sus metas para, posteriormente, evaluarlas utilizando los mismos criterios que el grupo 1. El grupo 3, debía, además, añadir un compromiso al lado de cada meta. El grupo 4 debía compartir los compromisos con un amigo. El grupo 5, el último, debía además, enviar a ese mismo amigo un informe semanal del progreso.


¿Podemos imaginarnos el resultado, verdad?


Quienes solo pensaban en sus metas lograron, de media, un 43 % de lo que se habían propuesto. Quienes mandaban ese informe semanal, el equipo 5, llegaron al 76 %. Contárselo a alguien ya ayudaba. Lo que más marcó la diferencia fue rendir cuentas cada semana.


La conclusión es clara: no basta con saber lo que quieres, ni siquiera con escribirlo. Lo que marca la diferencia es que alguien más lo sepa y que, cada semana, le cuentes cómo vas.


Por ese motivo, vamos a trabajar una práctica:


Elige a tu cómplice

  1. Elige un solo compromiso para esta semana. Que sea concreto: "cerrar el ordenador a las 17:30", no "trabajar menos".


  2. Piensa quién podría ser tu cómplice para ese compromiso en concreto. No todo el mundo puede acompañarnos en todo: la persona que te anima a comer mejor cada día quizá no sea con quien leer diez páginas cada noche. Cuando pienses en ese hábito, seguramente te venga alguien a la cabeza. Esa persona es tu cómplice. Elige a alguien que te acompañe con responsabilidad y que no te diga siempre "no pasa nada, ya lo harás".


  3. Mándale hoy un mensaje con tu compromiso. Y pregúntale si quiere hacer lo mismo con algo suyo. Cuando es mutuo, funciona todavía mejor: dais y recibís a la vez.


  4. Acordad una señal sencilla para cada día o cada semana: un pantallazo, un "cerrado", un pulgar arriba. Cuanto más fácil, más fácil será sostenerlo.


  5. El día que falles, cuéntaselo igual. Tu cómplice no está para juzgarte, está para que vuelvas al día siguiente.


Conseguir tus objetivos, en este caso los relacionamos con los límites pero puede ser mucho más amplio, depende no solo de tu fuerza de voluntad, sino que también puede depender de tu entorno y de elegir a una persona que te acompañe en ese camino.


Tu cómplice no hará el trabajo por ti. Te recordará lo que elegiste tú.


Así que esta semana, una sola pregunta: ¿quién va a ser tu cómplice para el objetivo que has elegido?


Mándale este artículo. Puede que esa persona también esté esperando que alguien le pregunte.


Y si quieres empezar por elegir qué compromiso merece la pena, descarga la guía gratuita "¿Eliges tú o te dejas llevar?".


Fuente: Gail Matthews, Dominican University of California. Lee aquí el resumen del estudio.



 
 
 

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