«Yo no soy deportista»
Cuando lo que haces ya ha cambiado, pero la historia que te cuentas sigue siendo la misma.

«A ver, que yo no soy nada deportista».
Es una de las frases que escucho con frecuencia de quienes llegan a mis clases de pilates.
Normalmente aparece cuando pregunto si practican alguna otra actividad, si tienen alguna lesión o si hay algo que debería saber antes de comenzar.
Al principio me llamaba mucho la atención.
Ahora ya casi me parece normal.
Lo curioso es que hay quien me lo dice el primer día y no vuelve a mencionarlo. Sin embargo, otras personas continúan diciéndomelo cinco meses, seis meses o incluso un año después.
—A ver, que el deporte… no es para mí.
Y yo las escucho y pienso: llevas meses viniendo dos veces por semana.
Te he visto ganar fuerza. Te he visto hacer movimientos que al principio no podías hacer. Tienes más control sobre tu cuerpo. Has mejorado tu movilidad. Incluso parece que disfrutas durante la clase.
Pero sigues sin considerarte deportista.
Así que, mientras comenzaba a escribir este artículo, decidí hacer un pequeño experimento.
Pregunté a varias personas de mi entorno que entrenan habitualmente —algunas dos o tres veces por semana—:
—Oye, ¿tú te consideras deportista?
No es un estudio. Ni pretende serlo. Es simplemente una pregunta que hice a unas cuantas personas.
Pero las respuestas me parecieron curiosas.
Hubo quien contestó que sí inmediatamente. Quien dudó durante unos segundos. Y quien me dijo directamente que no.
La diferencia no parecía estar necesariamente en cuánto entrenaban.
Había personas que hacían bastante ejercicio y no se consideraban deportistas, mientras que otras, con una frecuencia muy parecida, sí utilizaban esa palabra para describirse.
Entonces empecé a preguntarme:
¿Qué tenemos que hacer para ganarnos el derecho a decir que somos deportistas?
¿Qué significa ser deportista?
Según la Real Academia Española, deportista es una «persona que practica algún deporte, por afición o profesionalmente».
Parece una definición bastante sencilla.
Nosotros, sin embargo, parecemos haber añadido unas cuantas condiciones.
En nuestra cabeza, no basta con movernos con regularidad.
Hay que practicar determinados deportes. Quizá haber empezado durante la infancia. Haber competido. Entrenar muchísimo. Tener ciertas capacidades físicas. O incluso presentar un aspecto determinado.
En una de las conversaciones que tuve mientras preparaba este artículo llegamos a plantearnos:
—¿Pero está en los Juegos Olímpicos?
Como si el Comité Olímpico Internacional tuviera que aprobar nuestra actividad antes de que pudiéramos considerarnos deportistas.
En otra ocasión, pregunté a alguien que practica pilates:
—¿Y si, en lugar de hacer pilates dos veces por semana, jugaras al pádel con la misma frecuencia? ¿Entonces te considerarías deportista?
Podríamos pasar horas intentando decidir si caminar, bailar, practicar pilates, entrenar fuerza o realizar determinadas actividades encaja exactamente dentro de nuestra definición de deporte.
Pero ahí empecé a pensar que quizá estábamos intentando responder a la pregunta equivocada.
Porque lo más interesante no es determinar dónde está la frontera exacta entre ser o no ser deportista.
Lo interesante es preguntarnos por qué nuestra percepción de quiénes somos puede tardar tanto en ponerse al día con lo que hacemos.
Cuando nuestra identidad contradice nuestros actos
Esta parte me toca bastante de cerca.
Yo tampoco tengo una respuesta automática cuando alguien me pregunta si soy deportista.
De pequeña participaba en todas las actividades que podía, pero no crecí practicando formalmente un deporte ni construí durante la adolescencia esa identidad de «persona deportista».
Empecé a entrenar de manera habitual bastante después.
Hoy llevo aproximadamente diez años haciendo ejercicio con frecuencia.
Y, aun así, si alguien me pregunta:
—¿Tú eres deportista?
Mi primera reacción todavía puede ser:
—No, hombre…
Hasta que tengo que frenar.
Espera.
Entreno desde hace años. El movimiento forma parte de mi semana, de mis intereses y de muchas de mis decisiones.
Claro que soy deportista.
Y esto me parece curioso.
Los hechos cambiaron hace mucho tiempo, pero una parte de mi identidad sigue trabajando con información antigua.
Quizá eso mismo ocurre cuando alguien que lleva un año practicando pilates, entrenando fuerza, corriendo, nadando, bailando o jugando al pádel continúa diciendo:
«Yo no soy deportista».
Puede que no esté describiendo lo que hace hoy.
Puede que esté repitiendo algo que aprendió sobre sí hace muchísimo tiempo:
Nunca se me han dado bien los deportes.
No tengo fuerza.
Tengo muy poca coordinación.
Esto no es para mí.
Frases que quizá comenzaron durante una clase de educación física, después de una mala experiencia o al compararnos con alguien que parecía hacerlo todo con facilidad.
Y puede que nunca nos hayamos detenido a comprobar si continúan siendo verdad.
Antes de decidir quién eres, mira lo que haces
No creo que la solución sea levantarnos mañana y obligarnos a repetir frente al espejo:
«Soy deportista. Soy deportista. Soy deportista».
Tampoco creo que todo el mundo necesite identificarse con esa palabra.
Pero sí creo que puede ser interesante hacer algo mucho más sencillo.
Observar los hechos.
Si dices «yo no soy deportista», prueba durante un momento a dejar esa conclusión a un lado.
¿Qué haces realmente?
¿Te mueves con regularidad?
¿Has ganado fuerza, movilidad o resistencia?
¿Has aprendido movimientos que antes no sabías hacer?
¿Has empezado a organizar una parte de tu semana para poder entrenar?
Quizá llevas meses —o años— comportándote de una manera que contradice la historia que sigues contando sobre ti.
Y entonces aparece una pregunta que me interesa mucho:
¿Qué pasaría si permitiéramos que nuestros actos actualizaran también la forma en la que nos vemos?
De «tengo que hacer ejercicio» a «el movimiento forma parte de mi vida»
No es lo mismo pensar:
«Tengo que hacer ejercicio porque me lo ha dicho el fisioterapeuta».
que empezar a pensar:
«El movimiento forma parte de mi vida y quiero cuidar y entrenar mi cuerpo».
La actividad puede ser exactamente la misma.
Lo que cambia es el lugar que ocupa dentro de nuestra vida.
Cuando el ejercicio es algo externo que «tenemos que hacer», es relativamente fácil vivirlo como una obligación que empieza cuando entramos en una clase, salimos a correr o llegamos al gimnasio y termina en cuanto volvemos a casa.
Pero cuando empezamos a integrar el movimiento como parte de nuestra forma de vivir, pueden comenzar a cambiar otras decisiones.
Quizá caminamos más.
Quizá sentimos curiosidad por probar otra actividad.
Quizá dejamos de interpretar la dificultad de un ejercicio como una demostración de que «esto no es para mí» y empezamos a verlo simplemente como algo que todavía estamos aprendiendo.
Quizá comenzamos a valorar de otra manera el descanso, la recuperación o la alimentación que necesita un cuerpo al que le estamos pidiendo moverse, adaptarse y ganar fuerza.
No porque tengamos que comportarnos como profesionales ni porque nuestro entrenamiento deba ocupar el centro de nuestra vida.
Simplemente porque hemos dejado de relacionarnos con el movimiento como una tarea aislada y hemos empezado a integrarlo en nuestra forma de cuidarnos.
Y no hace falta convertirse en Nadal para que eso ocurra.
Quizá no necesitas una etiqueta nueva
Tampoco quiero convertir «soy deportista» en una nueva obligación.
Puedes caminar, bailar, nadar, practicar pilates, correr, montar en bicicleta o entrenar fuerza y no sentir ninguna necesidad de utilizar esa palabra.
No pasa nada.
Lo que sí me parece interesante es prestar atención a esos «yo no soy» que repetimos casi automáticamente.
Porque algunas de esas frases quizá fueron ciertas alguna vez.
O quizá nunca lo fueron.
Pero las hemos repetido durante tanto tiempo que hemos dejado de comprobarlas.
Así que la próxima vez que te escuches decir:
«Yo no soy deportista»
no hace falta que te obligues inmediatamente a afirmar lo contrario.
Haz algo mucho más sencillo.
Mira lo que haces.
Mira cuánto tiempo llevas haciéndolo.
Mira lo que has aprendido.
Mira lo que tu cuerpo puede hacer hoy que antes no podía.
Y después pregúntate:




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